viernes, diciembre 20, 2013

El Gringo en "Distopia Literaria"

Con “El Gringo” debuta en la literatura el periodista nacido en Moyobamba y egresado de la Universidad Nacional de Trujillo Juan Carlos Díaz Espinoza, quien con este tentador título nos adelanta el argumento de su brevísima novela enmarcada en la zona más peligrosa de su ciudad adoptiva: el distrito de La Esperanza, cuna de bandas de extorsionadores y sicarios adolescentes.

Sin embargo, esta obra de corte juvenil (por la agilidad de su lenguaje y temática escolar) no comprende únicamente la violencia, sino que la describe como la compañía con la cual sus protagonistas están obligados a vivir en su camino hacia la maduración y la búsqueda de su identidad. 

Estos rasgos la convierten en una novela de aprendizaje (su arranque recuerda al Demian de Hesse), donde se cuenta en primera persona cómo el narrador devino en el mejor amigo de Julián, alias “El Gringo”, adolescente con el que compartía carpeta y que lo introdujo en las malas mañas de la pera para perderse recorriendo las haciendas de Cartavio o Casagrande y robar cañas de azúcar y frutas frescas de las chacras. 

El tema de la violencia en Trujillo es ahondado en las siguientes páginas con la frialdad de quien está acostumbrado a la sangre, los disparos y los cadáveres; no hay que olvidar que Juan Carlos Díaz lleva años cubriendo la sección policial en diarios locales, de allí que su punto de vista no sea fatalista o moralizador sino más bien de una cotidianeidad que espanta.

En el tercer capítulo, tras una frustrada escalada al cerro Cabras, en cuyas faldas se encuentra el relleno sanitario de Wichanzao, una de las zonas más paupérrimas, olvidadas y miserables de la ciudad y refugio de asaltantes, el grupo de chibolos liderados por el Gringo que gozaba de otro “día libre” fue bloqueado por unos pandilleros que con verduguillo en mano se hicieron con sus pertenencias hasta que nuestro antihéroe les advirtió que no se metieran con él porque era primo del Loco Jimmy (un matón que había asaltado un banco a mano armada y asesinado al Gorila, otro malandro de peso, y que aunque figuraba en la lista negra de la Policía todavía no pisaba penal alguno), consejo que siguieron no sin disculparse. 

No obstante, la violencia no se detiene y en uno de sus tantos ratos de vagancia por las chacras camino a la playa de Huanchaco encuentran el cadáver del mismo Loco Jimmy mosqueado, bocabajo y con la sangre coagulada de los balazos que impactaron en su cráneo. Visión que parece no concitar más que risas nerviosas de los colegiales, los cuales se acercan un rato al tumulto para continuar su camino como si nada pasara. 

El mejor capítulo del libro relata también la violencia dentro de su escuela, o el sadismo ejercido por ciertos profesores mediocres que disfrutan de humillar a sus estudiantes para descargar su frustración con reglazos de madera en las palmas de sus manos cuando no saben la respuesta. 

En este caso el Charapa, profesor de Historia, llegó existencialista una mañana preguntando si lo consideraban un mal maestro, a lo que el único valiente que le espetó sus verdades fue el Gringo: “usted pega por las puras, castiga por cualquier cosa y al parecer lo disfruta”. Afirmación secundada por el narrador y mejor amigo, y también por el más lorna del salón, pero por nadie más temiendo posibles represalias. Por ello el Charapa pidió que salieran al frente aquellos tres valientes, y exhibiendo ambas palmas de sus manos les ordenó que lo golpearan con toda la fuerza de su venganza, algo que hicieron hasta sacarle sangre con su regla de madera y aun así siguieron abriéndole la herida a puro golpe. Acto que sin duda gozó este depravado preceptor. 

Más allá del evidente mar de violencia gratuita de sus páginas esta novela habla siempre y muy bien de la amistad, aquella que no reconoce otros códigos morales que los de la lealtad, ya que por más que el Gringo decida finalmente seguir los pasos de su padre (jefe de la banda los Taitas, traficantes de drogas y armas), se dará tiempo entre escapes y huidas para visitar a su mejor amigo y, por qué no, enviarle una generosa propina como muestra de su eterno afecto y gratitud a los buenos recuerdos de la única persona que lo conoció y supo ganarse su respeto antes de asumir su tristemente célebre fama.

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